sábado, 2 de marzo de 2013


Desde Caracas

CATALINA DE MIRANDA Y VIRGINIA WOOLF


Caracas es un clima. 
Camino hacia la casa pienso en esa frase que le escuché un día a mi amiga Yoyiana Ahumada, mientras siento en mi rostro la brisa amable que baja de la montaña. 
Entro al apartamento de mi hermana y confirmo por la ventana de la izquierda que además Caracas es el Ávila, montaña que nos protegió de los piratas del Caribe en los tiempos de los conquistadores, y que en estos momentos inusuales nos acompaña con fidelidad impasible.
Sigo hacia adentro. 
Si levanto la mirada observo desde la ventana de mi habitación -la que me asigna mi hermana Abjini que cada vez es más sacerdotisa egipcia, debido a la dilatada travesía de su alma por los universos paralelos -una cascada que baja entre el verde de la montaña y que aumenta o disminuye su caudal según el clima. 
Caracas es un buen clima.
Si miro hacia adentro me encuentro con torres de libros recostados de las paredes azules de mi habitación. Mi hermana los está clasificando: ya son demasiados, dice, y necesito aligerar el equipaje. 
De lejos reconozco con regocijo uno delgado, bastante viejito, uno al que siempre vuelvo. Lo alcanzo de un zarpazo y me lo apropio.

Lo coloco al lado del otro. 
Ese otro que ocupa mi cama desde hace unos días. 
Los pongo juntos sobre el edredón verde pálido para compararlos en tamaño y ancho, y para ver si es posible una conversación entre mujeres separadas por un siglo y un océano. Ambos son de fondo oscuro y en sus portadas reflejan una figura de mujer. Además, los dos son escritos por mujeres: me piden que hable sobre mujeres y ficción, lo cual puede significar que hable sobre las mujeres y la ficción que escriben o que hable sobre la ficción que se escribe sobre las mujeres. No lo digo yo, lo dice Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia. 
Catalina de Miranda es justamente eso, ficción escrita por una mujer sobre otra mujer. 
Xiomary Urbáez, la autora, es audaz como su heroína: una mujer buena que hace cosas menos buenas, así la define su propia creadora. Una sevillana que fue de las pocas mujeres que vino sola a América durante el siglo XVI. Esta parte de la historia es verdad verdadera, Urbáez la pescó en la red y la convirtió en novela. 
Xiomary es audaz porque se atrevió a competir con su primera novela en el premio iberoamericano de narrativa de Planeta-Casamérica y llegó de finalista, lo cual es el equivalente hoy en día a lo que fue hace unos siglos atravesar el Atlántico en galeones amenazados por temporales y corsarios. 
Estas dos mujeres cayeron de pié en América.
La señorita de principios del siglo XX de la portada del libro de la Woolf está sentada leyendo. Su tez es pálida, nunca ha sido tocada por ardientes rayos de sol, y sus ojos ven hacia abajo, está comprendiendo, aprendiendo. La mujer de la portada del libro de la Urbáez es puro fuego, su silueta es como una llamarada y su mirada es de gozo. Se está comiendo el mundo. 
Esa es Catalina de Miranda. 
Catalina en un mundo masculino se saltó las reglas más allá de lo socialmente permitido. Las sensuales escenas dibujan la personalidad de una mujer compleja, irreverente y apasionada, no lo digo yo, lo dice Xiomary Urbáez explicando su personaje.
También Xiomary invadió un mundo masculino cuando escribió una novela de aventuras, pero ya dijo la Woolf: aunque mujer poco culta me gusta leer pero la historia cuenta mucho sobre las guerras, las biografías cuentan solo sobre los grandes hombres, la poesía tiende hacia la esterilidad, les digo a las mujeres que escriban libros de viajes y aventuras.
Después de narrar una vida plena de amores, corsarios y conquistadores, recorriendo varias ciudades como Maracaibo, Coro y el Tocuyo, una suerte de historia novelada ya que se entremezcla con la propia historia de Venezuela, después de pasearnos por el mar Caribe, por la brillante vegetación del trópico y después de contar sobre los más exóticos animales, Urbáez dice que Catalina se instaló en el buen clima de Caracas con el hombre que más amó. Aunque no tengo claro si ella lo quiso más que a los otros, por lo menos más que al corsario Roberval, su primer gran amor y quién la introdujo por los caminos prohibidos de la sensualidad. 
Sus últimos años los vivió tranquila, próspera y rodeada por sus hijos. Murió viendo hacia el Ávila.



Le pregunto a Xiomary para cumplir con la Woolf: ¿tienes una habitación propia para escribir?
-No que va, apenas un taburete de Tintorero.
-Mejor una hamaca.







lunes, 6 de agosto de 2012

LA DICTADURA REVISITADA o AL AZAR DEL VIENTO

¡Increíble! Aterricé en Zurich en el mismo momento en que cerré "Al azar del viento", la novela escrita por mi compatriota Ana María Velázquez y sobre la cual tuve gran curiosidad desde que me enteré que había salido.
Todavía en Miami comencé a leerla, pero ante el desconcierto que siempre me producen las despedidas decidí dejarla para las horas en que yo estaría al azar sobre el Atlántico.
Me interesa cualquier novela que trate sobre nuestro pasado porque es un nuevo intento de explicar el presente, y en especial me interesa el tema de esta novela porque todavía escucho los susurros de mi abuela cuando comentaba con sus amigas sobre el mal momento por el cual pasaba María Luisa Casanova: "la muerte de su hijo Alejandrito y encima la nuera se fue con el peor de los esbirros..."
Ana María Velázquez se basa en esta tragedia real de los años cincuenta que sucedió en Caracas y escribe su propia versión, como ella misma expresó en el bautizo de su libro. Porque estoy influenciada por la versión de mi abuela la llamo una tragedia, después de leer la novela me doy cuenta asombrada de que es también una gran historia de amor.
La mejor manera de apreciar el trabajo de la escritora es saber de antemano que sus personajes son solo figuras de ficción con características de la época, de los años 50 en Caracas, los cuales ella desarrolló para narrar una trama real, una historia que si existió. Solo con eso en mente uno se quita de encima la angustia por saber lo que es verdad y lo que es imaginario y comienza a disfrutar la historia.
Volver a los años 50 en Caracas... a la dictadura de Pérez Jiménez... fue impactante para mi.
¡Tantas cosas olvidadas! y por encima de todo reconocer que no le pregunté lo suficiente a mi abuela... tener que soportar tantas imágenes fugaces que comenzaron a pasar ante mis ojos sin escuchar su explicación, siempre exhaustiva, sobre todo y todos. A medida de que avanzaba en la lectura surgieron mil interrogantes que ella habría contestado a la perfección.
(Es triste cuando uno toma conciencia de que no hay vuelta atrás, ni siquiera una pequeña charla esclarecedora, tal vez es por eso que últimamente estoy empeñada en que todo el mundo cuente la historia de su vida... y la de los demás).
Lo que más me gustó de "Al azar del viento" fue el ritmo de las secuencias. Ana María enlaza los distintos momentos de la historia con gran habilidad, se mueve con soltura dentro de las fechas y uno siempre sabe donde está parado. Eso no es fácil. En fin, nada es fácil cuando se escribe una novela y lo más difícil es llegar al final sin dejar cabos sueltos. Ana María Velázquez los amarra todos.
Sin embargo, a mi me faltó más historia real y menos amor, pero así son las cosas, estoy segura de que a alguien le hizo falta más amor y menos historia.
El caso es que sale otra novela que vuelve a explicarnos nuestro pasado a ver si entendemos el presente, eso es lo que deberíamos sacar en limpio en vez de dar opiniones comprometidas: "a mi me gustó lo que hizo esa señora porque dejó todo por un gran amor", "a mi no me cuenten nada bueno que tenga que ver con ese esbirro", "a mi no me interesa lo que pasó antes en Venezuela, solo estoy pendiente del aquí y ahora".
Pensándolo bien: Ana María Velázquez decidió contar una historia que tiene sus aristas y salió airosa de la empresa porque su obra se nota muy trabajada.
Pensándolo mejor: si todavía existen algunos de los protagonistas o relacionados con la historia real también podrían contar su versión. Siempre me parece la mejor opción dar las propias explicaciones.





domingo, 5 de febrero de 2012



De Navios, Ron y Chocolate
(de nuevo el tema de los corsos)
Por fin la vi, tenía tiempo pendiente de la película de Malena Roncayolo, era un proyecto que había vivido de lejos pero que me tocaba muy cerca. A pesar de su nombre que puede ser o no ser, por mi participación como entrevistada en la película sabía que trataba sobre los inmigrantes corsos que llegaron a Venezuela.  
Es un tema que me interesa, como a muchos de los descendientes de los corsos que se establecieron en mi país. Algo supe de ella cuando se estrenó en Caracas, algunos amigos me escribieron sobre una estupenda fotografía, y luego traté de asistir a la presentación en Bastia, Cabo Corso, pero no llegué. Inesperadamente, el CD llegó a mis manos entregado por la propia Malena en un encuentro fortuito en Miami.
Como tengo el CD la he recorrido varias veces, no me ha cansado; aunque el poder de las imágenes que realmente son magníficas fue limitado, tuve la oportunidad de apreciarla con calma debido a que pude ir de atrás para adelante y de adelante hacia atrás. La revisé a mi antojo para deleitarme con la fotografía de dos lugares que son mis favoritos: la Península de Paria y el Cabo Corso. Solamente por entrar en la atmósfera de la isla de Córcega, que siempre me entusiasma por insondable, y por disfrutar de la explosión tropical de Paria, merece la pena esta película, que sin duda ofrece mucho más.
Malena Roncayolo siguió la ruta de los corsos, entrevistó a un grupo de personas que conoce sobre el tema y que de alguna manera ha vivido en contacto con esos pioneros que vinieron a Venezuela, más que todo durante el siglo XIX. Me llamó la atención el comienzo porque Malena se detiene para explicar la situación de españoles, ingleses, y por supuesto franceses, en el Caribe, cuando todavía America del Sur era colonia de España y Portugal, me sorprendió porque no esperaba una introducción que hablara de esos tiempos, pero recordé que la película cuenta sobre navíos. Malena hace navegar una gran variedad de embarcaciones por el Mediterráneo, por el Atlántico y por el Caribe, con una limpieza tecnológica que solo una cineasta experimentada y actualizada puede lograr. Los efectos sobre el mar me dejaron loca.
Playa Medina en la Penísula de Paria


Luego la imagen se muda a tierra y distingo a la la bella iglesia de Murato, una de mis favoritas, los altos árboles de Guaraúnos, las casas de Erbalunga que dan al mar y el recorrido costa afuera por las playas parianas, pienso que me hubiera gustado que algunos sitios emblemáticos como estos, tanto en Córcega como en Venezuela, tuvieran una letrero, algo que los identificara. Ante la visión inicial de esta iglesia de Murato construida durante el período de dominación de Pisa, comencé a soñar porque sabía que anunciaba un festín para mis sentidos y para mi vista. 
Paralelamente escuchaba el guión donde intervenían varios narradores dando una cantidad de información, a veces confesional en el caso de la lectura del diario Souvenirs escrito por una corsa que visitó nuestra tierra, a veces poética porque el paisaje así lo exige y a veces informativa ya que pasaron muchas cosas interesantes durante el abandono de la tierra mediterránea y la instalación en el Caribe . La propuesta de Malena combina narraciones, ficción y entrevistas para contarnos una historia que transcurre durante muchos años, hasta llegar a nuestros días.
Marsella
He leído bastante sobre el tema pero fue un placer verlo pasar en imágenes frente a mis ojos, que mis admirados corsos que dejaron su isla en el Mediterráneo y se vinieron a América tomaran forma en las imágenes de ficción tan acertadas de Malena. Audaces, comprometidos, unos amantes del comercio y otros buscando tierras para sembrar. Productores y exportadores de cacao, café y ron, explotadores del caucho y mineros en El Callao, marinos y constructores de trenes como los mismos Roncayolo. Vidas ricas, intensas, de aventuras controladas porque buscaban el éxito. Y ante tanta actividad, las sedantes tomas de Pino, de Bastia, de Oletta, de Figarella, de Erbalunga, de la Castagniccia, la gran belleza de la isla de Córcega combinada con el brillante puerto de Marsella.
Irapa, Península de Paria, archivo de JB Canarelli
La actualidad la cuentan los descendientes de los pioneros, comienzan hablando los bisnietos de los que vinieron durante las primeras décadas del siglo XIX, narran los recuerdos familiares y la situación del país para la época, junto al historiador Carlos Viso, un experto en el tema que ha recuperado y conservado cantidad de documentos y fotos que quedaron olvidados en Carúpano cuando la mayoría de las familias corsas se fueron a la capital.
Más adelante respiro tranquila por la mención de Pascal Paoli, verdadero héroe nacional antes de que surgiera el pequeño gran corso, quien escapa temprano de la historia de la isla para coronarse como el Emperador Napoleón. 
A través de la película se va conociendo la vida de los que se vinieron, las circunstancias en las cuales quedaron cuando Génova le entregó la isla a Francia. Bien contada, bien armada, tal vez con algunas disgresiones que nos separan del hilo principal de la historia pero que la mayoría de las veces enriquecen la obra de Malena. Allí queda este largo y completo testimonio.
Hay que verla, no solo los que compartimos el interés por los que vinieron de la isla de Córcega sino todos los que habitamos y queremos el mar Caribe, esta es parte de nuestra historia. Hay que celebrarla porque es el trabajo arduo de una venezolana que se atreve a contar, que se arriesga a incursionar en un oficio tan duro y completo como es narrar con imágenes y con la palabra. Me siento orgullosa de compartir con Malena la sangre corsa y sobre todo la venezolana. 
Malena Roncayolo, Anabel Acosta y Damián Croce en Erbalunga

jueves, 5 de enero de 2012

LAS SILUETAS DEL FUEGO (reseña de María Cristina Capriles)

Acabo de llegar al desenlace. Elisa Arráiz escribió el libro y se lo dedicó a Anita Lucca, su mamá. Lo disfruté de la primera a la última página y lo leí de seguidas, en tres sentadas. Atrapa. Sorprende. Es cual un Diario salido de las manos de Zenobia Camprubí. Es una biografía de Zenobia. Es una nueva estructura novelística escrita en primera persona, ¿por la autora?, si y no. Está escrita en primera persona por un personaje que dialoga con una segunda persona, otro personaje. Dos amigas que investigan a Zenobia Camprubí. Es una novela feminista y universal. Es a través de una profunda investigación como Elisa Arráiz, autora, ausculta, se sumerge en las raíces Lucca que ya viene trabajando desde TE PIENSO EN EL PUERTO, y ahora cual explosión une a los corsos dispersos en el Caribe, exiliados, inmigrantes en tierras de América, regados en Venezuela y Puerto Rico, en una novela cosmopolita y llena de genialidad, al lado del talento de Juan Ramón Jiménez, el marido, presente pero aparte, donde la estrella es Zenobia, quien vivió para y por el genio de su marido y también supo vivir para ella y por ella, hizo lo que quiso. Amó a Juan Ramón Jiménez con pasión, delirio, respeto y admiración. Al final, ambos enfermos... -¿Por qué el día de la muerte de Zenobia, él no estuvo a su lado en su cuarto del hospital, agarrándole la mano como ella lo había soñado? Zenobia dejó su propia obra, dejó la obra de Juan Ramón a la que acompañó y cuidó toda su vida, transcribió, mercadeó y fue su productora editorial.

Siguiendo el tránsito de los Jiménez Camprubí, a la vez el tránsito investigativo y de encuentros de las dos mujeres, amigas, los personajes activos de la novela investigativa que en su especialísima estructura coloquial, viajamos los lectores por Puerto Rico, España, Cuba, Venezuela, Argentina y Estados Unidos. Realmente un periplo que cual en un Diario nos pasea de lo general a lo particular y al detalle, del macrocosmos de la esplendorosa obra de Juan Ramón Jiménez y su compañera Zenobia al microcosmos del nombre de pila del barman real del hotel real donde los personajes se hospedan en San Juan de Puerto Rico. Es una visión no sólo de una hispanoamericana, de una venezolana, de una caraqueña que es Elisa Arráiz, es la visión global, universal, de una gran mujer, Zenobia, al lado de un gran hombre, es la visión de su amor, comprensión, perdón, creación, y el manejo de las emociones diversas de los personajes.

Y, volviendo a la creadora de LAS SILUETAS DEL FUEGO, Elisa Arráiz, -¿hasta dónde hay en la novela datos autobiográficos, genealógicos, personales en fin?

Esperamos desde ahora la próxima novela de esta pluma que escribe con facilidad pasmante la síntesis de años en pocas páginas que dicen tanto y resumen investigación profunda.

Para mi, el primer personaje Elisa Arráiz, exprésase en primera persona, mas el segundo personaje la segunda del diálogo, son la sumatoria de todas las personas con las que indagó para rehacer el tránsito vital de Zenobia y Juan Ramón. Ella terminó. Un Eureka! por novelar tan inmensa cantidad de información basada en pruebas demostrables. Es un libro trascendente LAS SILUETAS DEL FUEGO, que al mantenerse encendidas no se desvanecen... bailan, vibran y saltan, siempre allí.

María Cristina Capriles
18 de noviembre de 2011

martes, 6 de diciembre de 2011

EL LADO FRANCÓFILO QUE ME TRANSMITIÓ MI MADRE

Mientras camino por las calles de Marsella, recuerdo a mi madre cantando la Marsellesa:
"Allons enfants de la Patrie,
Le jour de gloire est arrivé!
   Contre nous de la tyrannie... " 



Estoy segura de que ella la cantaba por solidaridad con la resistencia francesa durante la ocupación alemana y contra los colaboracionistas de Vichy, aunque sabía perfectamente de donde venía. Mi madre era así, culta y de gran solidez en sus convicciones. Fiel alumna de Don Miguel de Unamuno pero con cierta debilidad por Francia.
Con su tararear en la cabeza recorro las calles del puerto más antiguo y más importante del mar Mediterráneo. Cada cierto tiempo me detengo a mirar las vitrinas de los anticuarios de la rue de Paradis, compruebo con asombro que la mayoría de los adornos con los que conviví durante mi infancia salieron de esta calle y atravesaron el Atlántico en la maleta de mi bisabuelo corso.
Más tarde, recorro el Viejo Puerto y comprendo la dimensión de la palabra mestizaje, creo que solo en Marsella se siente esa diversidad de la que tanto hablamos y decimos que añoramos. Esta imponente ciudad es la más cosmopolita que he visitado porque escapa de la aparente uniformidad de Nueva York.
Frente a ese inmenso puerto, no muy lejos en el mar, está la isla de If en cuyo bello castillo estuvo preso el Conde de Montecristo, así nos lo contó Dumas. Viendo su silueta a la distancia vuelvo a recordar a mi madre que nos fue pasando todas las novelas que debíamos leer, las que nos hicieron lectores constantes. Capítulo aparte fueron para mi las de Emilio Salgari, todavía sueño con Emilio di Roccabruna, señor de Ventimiglia, el gran Corsario Negro.

Sólo subiendo hasta la Basílica de Nuestra Señora de La Guardia, a 154 metros de altura, se puede apreciar el verdadero tamaño del puerto de Marsella y cómo se adhiere fuertemente a la larga costa del Mediterráneo. Desde lo alto, acodada en los miradores, no me canso de escudriñar el pedazo de enjambre que puede crear el hombre.
A la izquierda la vista se suaviza con las curiosas y famosas calas (calanques), con sus rutas estrechas por donde se camina haciendo equilibrio al borde de abismos escalofriantes que terminan en agua cristalina y mediterránea. Justamente, algunos de esos canales entre rocas fueron refugio de submarinos durante la Segunda Guerra.

Ya de vuelta a la ciudad retomo el recorrido de las calles que puede ser interminable. Son interesantes y divertidas, son un monumento al encuentro de diversas culturas. De repente siento ese leve olor a limpio de las gavetas donde mi madre guardaba su lencería, voy olfateando hasta dar con el origen. Ahhh, el Savon de Marseille. Prefiero el de lavanda



domingo, 13 de noviembre de 2011

Eckhart Tolle y "El poder del ahora"
Hace poco recibí un regalo de una prima muy querida: me enviaba una meditación de Eckhart Tolle, me escribió que alguien se la había enviado y que le había gustado tanto que me la pasaba a mi. Se lo agradecí mucho, confío totalmente en su criterio, sabía que no me iba a defraudar.
Yo conocía algo, poco, de Tolle, había visto parte de un video donde explicaba que si uno se ocupa solo del instante que sucede, de ese mismo momento, ahuyenta todos los inconvenientes que producen los pensamientos hacia atrás y hacia adelante, y que solo con practicar esto uno pasa a un nuevo estado de conciencia que da mucha tranquilidad.
Tengo mis serias reservas sobre esto de evitar los pensamientos porque prefiero vivir angustiada pero pensando, a menos que los elimine ex profeso durante una meditación. Pero Tolle insiste en que vivimos atrapados por los pensamientos y que en realidad son pocos pero molestan como si fueran muchos.
No es la primera vez que leo sobre liberarse de todas esas ideas que tenemos atiborradas en el cerebro, que no son más que conductas transmitidas por nuestros ancestros para enseñarnos a sobrevivir a su manera.
Antes de leer la meditación sobre la naturaleza quería tener la oportunidad de preguntarle a Eckhart si no podíamos combinar, hacer algo alternativo, tener pensamientos a ratos y ahuyentarlos en otros momentos. Sin embargo, ya sé que recomienda que nos fijemos en la cantidad de momentos pequeñitos durante los que no pensamos, que existen muchos de ellos a través del día y que los debemos aprovechar y alargar. No sé si Tolle lo que sugiere es una meditación continua porque dice que estos momentos alargados son más efectivos para nuestra vida que media hora de meditación al día.
Luego me dispuse a leer lo que me llegó porque deseo entender mejor lo que propone Tolle, más que todo porque algo me debo estar perdiendo ya que él se ha convertido en el maestro espiritual más difundido del momento.
Esta vez, Tolle insiste en el punto de vivir el momento pero agrega que debemos aprender a través de la naturaleza. Y nos pone como ejemplos a los árboles, los animales, las aguas, todo eso que nos rodea. Pide que los tomemos como ejemplos ya que ellos no andan buscando salirse de lo que son sino que se sienten contentos con lo suyo.
En realidad lo que se plantea con gran simplicidad es algo tan complicado como dominar nuestro ego quedándonos quietos.
El texto está escrito con gran sencillez y es muy bonito, me gustó a la primera y lo leí de nuevo para tener una segunda impresión, me siguió gustando porque de alguna manera sentí que esas palabras eran inspiradoras y que trataban de hacerme bien. Decidí tratar de adaptarlas a mi aire a ver si obtenía algún efecto.

Al terminar de leer me fui al puerto a contemplar el mar, me pareció que sería un buen escenario para identificar y alargar mis momentos sin pensamientos.
Me senté en un banco. Contenta porque el puente estaba bastante solitario y pude aislarme, hasta me recosté para mirar el cielo. Me pareció una combinación perfecta: mar, cielo y mente en blanco. El único estímulo el suave paso esporádico de alguna gaviota.
Hasta que pasó una gaviota, y pasó otra y otra. Comenzaron a pasar gaviotas a velocidad supersónica. Me senté para saber hacia donde iban y observé que en la punta del puente les estaban lanzando comida. Las gaviotas habían perdido toda su compostura, ya no planeaban suaves e indiferentes sobre el mar sereno porque necesitaban comer. Y hacia allá se fueron todas en cambote.


Esa es la otra gran pregunta que necesito hacerle a Eckhart Tolle, como vamos a solucionar lo de la comida si nos quedamos en estado natural.

Yo sé que muchas de las personas que me leen saben del tema bastante, mucho más que yo, y me encantaría recibir respuestas o que me aclaren. ¡¿Cómo sobrevivimos?!
http://www.eckharttolle.com/

domingo, 30 de octubre de 2011

María Teresa León y "Las siluetas del fuego"
(de la serie Las amigas de Zenobia)


Zenobia Camprubí, Rafael Alberti, Buenos Aires,1948
Buscando leer todo lo escrito sobre Zenobia Camprubí, conseguí un ejemplar de "Memoria de la melancolía", autobiografía de María Teresa León donde hace referencia a algunos episodios con y sobre Zenobia. Estas dos mujeres, compañeras de poetas, se habían encontrado en La Habana y Buenos Aires durante el exilio y también en Madrid antes de la Guerra Civil. 

En esos días de investigación yo iba mucho a la Gran Pulpería del Libro Venezolano en Caracas, paraíso donde se puede encontrar, si uno va dispuesto a una intensa y creativa búsqueda, todo lo publicado en los últimos... ¿diría 150 años?
Gran Pulpería del Libro Venezolano
Allí me esperaban "Memoria de la melancolía", escondidas para mi quién sabe desde cuando. 


Me leí la autobiografía que había escrito María Teresa León durante varios años con mucha atención, con mucho cuidado; me gustaba enormemente que no se trataba de un relato lineal sino que saltaba de acontecimientos, personajes y pensamientos sin respetar las fechas, de manera fragmentada. Supongo que cuando fue publicada en 1970 podría parecer difícil de leer pero hoy en día sería un ejemplo de contenido especialmente escrito para la red. 
La relación de María Teresa León y sus memorias con mi libro sobre Zenobia Camprubí es una frase que leí y que inspiró el título:"Las siluetas del fuego". 
Cuando María Teresa se entera de que Zenobia ha muerto en Santurce, Puerto Rico, 1956, se conduele y recuerda en sus memorias las veces que se encontraron antes y después de la guerra, y termina diciendo:"Fué la de Zenobia una decisión dura pero hermosísima: vivir al lado del fuego y ser su sombra". 
A mi esto de "su sombra" me dejó intranquila y pensando, no era la palabra que yo buscaba, ni la que se ajustaba a mi imagen de Zenobia, pero me gustó mucho lo del fuego, reconociendo que ya yo misma estaba chamuscada por las llamas de Juan Ramón. Unos días después di con la palabra "siluetas" que se acercaba mucho más a la sutileza con que me parecía que Zenobia manejaba su vida con el poeta.


Miguel Otero Silva fotografiado por Vasco Szinetar
Maria Teresa y Rafael Alberti viajaron mucho después de caer la República, recorrieron medio mundo, y unas cuantas veces fueron a Caracas invitados por el escritor y periodísta Miguel Otero Silva, "Miguel de América" como lo llamaba Alberti. En "Memoria de la melancolía", narra María Teresa la entrada en barco al puerto de La Guaira donde eran esperados por Miguel Otero. Dice que al instante lo distinguieron en el puerto porque era inconfundible su figura en traje de lino blanco y su sombrero de Panamá, como cualquier caballero del Caribe. Luego describe tres días maravillosos en una Caracas amable y cosmopolita: buena comida, buena bebida y poesía. 
Lamentablemente, Juan Ramón y Zenobia no alcanzaron a viajar a Caracas, aunque lo pensaron durante el viaje a Buenos Aires. Juan Ramón deseaba atender a una invitación del historiador Mariano Picón Salas y agradecer a la revista "El Cojo Ilustrado" que publicó uno de sus primeros poemas.
Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez
Existe un episodio entre Juan Ramón Jiménez y Rafael Alberti que es determinante para la salida de los Jiménez justo antes de que estalle la Guerra Civil. Alberti encuentra a Juan Ramón todo azorado en el barrio de Salamanca en Madrid y al preguntarle qué le pasa, éste le contesta que unos anarquistas lo habían confundido y se lo querían llevar no sabía para donde. A raiz de este incidente, Manuel Azaña le propone a Juan Ramón y Zenobia que se vayan hasta Washington a buscar ayuda para La República. 

lunes, 24 de octubre de 2011

LOS RAYOS CAUTIVOS O LA TRANQUILIDAD SUPREMA
Parece que los rayos que entran en un invernadero no salen, se dedican a dar vida a las plantas cautivas en esa gran jaula de cristal. Por ese lado me gustan los invernaderos, porque acogen a los mensajeros de la supervivencia que penetran a costa de quedar presos para siempre. Trato de no pensar en la angustia de esos rayos de luz que se encuentran atrapados, trato de convencerme de que en sus danzas con las ramas de los arboles quedan enganchados en un romance que dura eternamente.
Pero aparte de estas sensaciones apasionadas y crípticas, no hay nada más emocionante que pasear por un jardín botánico para toparse con una caja de cristal.

Invernadero del Brooklyn Botanical Garden
Uno va todo descuidado y orgulloso pensando que está cumpliendo con su cuota de verde y se encuentra de golpe con una estructura muy particular, y a pesar de que uno conoce perfectamente lo que tiene enfrente, piensa que acaba de aterrizar en otro planeta.
He tenido experiencias memorables. Tal vez la más romántica fue en el Jardin Botánico de Brooklyn y la más tecnológica en la burbuja Masoala de Zurich. Tema aparte es el invernadero del Parque de La Ciudadela en Barcelona que me pone a flipar.
Invernadero de La Ciudadela en Barcelona
Nada de lo que había leído sobre el Botánico de Brooklyn me había preparado para una estructura tan sugerente. Más bien iba buscando el jardín japonés donde florecen los famosos cerezos en la primavera. Los cerezos ya habían florecido y muerto, arte efímero, pero me encontré dentro del invernadero, además de la maravillosa explosión de palmas que me gritan que soy del trópico, un jardín japonés muy especial donde fue imposible no sentarse a meditar.
Jardín japonés- Brooklyn
En el Jardín Botánico de Brooklyn uno comprende que la zona no es solo un barrio de locos creadores sino que hay una arraigada tradición, una solidez nada itinerante que existe desde antes de que el puente los uniera con Manhattan.
La Selva Tropical Masoala es un alarde de tecnología suiza. Me explico: tomaron un espacio de terreno de Madagascar con una pala mecánica gigante y lo depositaron al lado del zoológico de Zurich, lo colocaron dentro de una inmensa burbuja de plástico que está conectada a unos conductos por donde entra el clima apropiado, es decir, todos allí dentro reciben la temperatura adecuada para ser felices. ¡Qué más se puede pedir! Esta es la contribución de la ciudad de Zurich para llamar la atención sobre las especies de la selva tropical de Madagascar, cuyo destino es desaparecer en poco tiempo si no se hace algo.
Selva tropical Masoala en Zurich
Cuando entro al Parque de La Ciudadela en Barcelona, bajando desde Arco de Triunfo por el Paseo Lluís Companys, me encuentro a mano derecha con el Castillo de los Tres Dragones, y si no cruzo a la izquierda y continúo camino hacia el lago, me topo a la derecha con una joya emocionante, para mi es así porque cualquier estructura modernista me revoluciona los recuerdos de mi madre. Allí está el Invernadero de La Ciudadela, obra de Josep Amargós que se inspira en elementos helenísticos pero que cumple con el estilo de la ciudad en su época.
Invernadero de La Ciudadela


Si me asomo a los cristales del invernadero de La Ciudadela siento cierta envidia al observar las plantas, erguidas, indiferentes, impertérritas, ignorantes de todo lo que está pasando, de todo lo que nos está pasando. Ser una planta de invernadero significa alcanzar la tranquilidad suprema.

viernes, 7 de octubre de 2011

EL EXILIO INTERNO DE DULCE MARÍA LOYNAZ
(de la serie Las amigas de Zenobia)

"He de amoldarme a ti como el rio a su cauce, como el mar a su playa, como la espada a su vaina"

La autora de este poema fue la poeta cubana Dulce María Loynaz, y al leerlo uno se imagina a la mujer sumisa, siempre complaciente,  deseosa de agradar. Nada más lejos de la verdad.
Dulce María no tenía nada de sumisa, de hecho, nunca se sometió a la revolución, permaneció confinada en su casa del Vedado en La Habana por decisión propia y el sistema cubano sólo se acordó que ella existía cuando le dieron el premio Cervantes en 1992. Pasó más de treinta años ignorada por no encausar su obra hacia los intereses fidelistas.
Era hija de un general y le gustaba decir que las hijas de militares nunca tenían miedo, tal vez fue por eso que vivió su vejez sola, hasta los 94 años. Se casó dos veces, primero con un primo de quién se divorció y luego con el periodista Pablo Álvarez de Caña, quien abandonó la isla en 1961 para realizar un largo viaje.

Su casa en el Vedado está intacta, tal vez demasiado, se nota la diferencia abismal con el inmenso deterioro de las otras casonas del reparto. En las paredes del salón principal hay largas vitrinas donde se exhiben todos sus abanicos. Adoraba los abanicos, decía que eran bellos y no servían para nada, pero muchos curiosos que se asomaban a la verja de su casa para llevarse una imagen de la poeta en su exilio interno, la vieron abanicarse afanosamente durante los calurosos mediodías de La Habana. Ella no aceptaba que le dijeran poetisa.
En su exilio interno

En 1936, cuando Juan Ramón Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí llegaron exiliados a Cuba, hicieron contacto.

Dulce María con los poetas cubanos

A Juan Ramón le habían encargado unos libros de texto para niños en Puerto Rico pero fue evidente que sería más conveniente producirlos en La Habana, por eso llegaron allí y de inmediato se pusieron en contacto con los poetas cubanos. Juan Ramón ya sabía que en la isla había un grupo importante dedicado a la poesía y estaban deseosos de conocerlos, gesto poco usual en el poeta andaluz que se sintió muy bien en La Habana. Juan Ramón quedó tan encantado con todos ellos que pronto emprendió el proyecto de la antología.
Dulce María Loynaz les hizo a los Jiménez un préstamo invalorable: una radio que colocaron en su habitación del Hotel Victoria. Justamente por esa radio siguieron todas las incidencias de la guerra civil española hasta que a principios de 1939 dejaron la isla.
Juan Ramón y Zenobia visitaban por las tardes a Dulce María, se sentaban en el salón de los abanicos para conversar sobre literatura y tomar el té,  también de tarde en tarde se les unían los hermanos de Dulce María, también poetas. Juan Ramón la incluyó en su antología "La poesía cubana en 1936".

Dulce María Loynaz obtuvo muchos premios como poeta pero la mayoría se los dieron en el exterior.
 

viernes, 30 de septiembre de 2011

HAY QUE CAMINAR


TE MUEVES O MUERES 

Cuando el hombre decida moverse hacia los recursos cambiará la historia, ya que las sociedades sedentarias son las que amenazan el medio ambiente. Esto que suena drástico y acusador es una verdad como un templo.

Tuareg, tribu nómada de Africa Septentrional
Los nómadas recorren el terreno con mucho cuidado porque han aprendido que esas plantas y esos frutos los necesitaran, tarde o temprano.
En la escuela primaria nos enseñan que hay que rotar los cultivos para no despojar a la tierra de todos sus nutrientes. Bueno, es la misma cosa, aunque ya sea tarde para volver al estilo de vida que predominó durante millones de años en la Prehistoria.
Lo que si podemos hacer es cambiar nuestra manera de vivir hacia una simplicidad voluntaria al estilo de Thoreau, por amor a la naturaleza y sin agenda política.


Junto a la idea de hacer una vida más sencilla surge insistente el tema del movimiento. Para aprender hay que caminar, pero no me refiero a darle la vuelta a la manzana, hablo de recorrer mundo, de darnos el chance de conocer otros pueblos, otras costumbres, otros cantos.
En la Edad Media existieron los caminantes, algunos fueron esos peregrinos que bajaron desde toda Europa  hacia Compostela para venerar las reliquias de Santiago, pero estoy segura de que para muchos ese no fue un recorrido simplemente turístico sino un proyecto de formación.
Emprender camino era la forma de adquirir saber hasta que surgieron los centros de estudio. A eso me refiero cuando digo que para aprender hay que caminar.

Otros movimientos interesantes son las visitas a la India que para muchos son viajes iniciáticos, tienen que ver con búsquedas místicas y deseos de alcanzar nirvanas. Es la persecución de la iluminación y el sentirse unido con el universo. Esos caminantes están buscando también el saber.

Mucho antes, en la prehistoria, el hombre recorrió la tierra durante millones de años. El sedentarísmo es una forma de vida reciente, solamente el pensar que al hombre primitivo le costó ocho mil años salir de África nos lo explica. Tenemos menos tiempo sentados que caminando.
Supongo que cada quién debe adaptar sus deseos de moverse o estacionarse a sus posibilidades y a sus sentires, pero siempre surge una manera equilibrada si se persigue insistentemente.




«Necesitamos vivir simplemente
para que otros puedan
simplemente vivir».
 
Mahatma Gandhi